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ensayo
Error, tú no eres un mal
POR Gaston Bachelard

Casi al final del clásico La formación del espíritu científico (1938), Bachelard construye una refrescante polémica con el conocimiento sensible, así como una apología del conocimiento objetivo a través de la mediación colectiva de los errores compartidos.

Y nuevamente iniciamos nuestra exposición con una polémica. En nuestra opinión, hay que aceptar para la epistemología el siguiente postulado: el objeto no puede designarse de inmediato como “objetivo”; en otros términos, una marcha hacia el objeto no es inicialmente objetiva. Hay que aceptar, pues, una verdadera ruptura entre el conocimiento sensible y el conocimiento científico. En efecto, en el transcurso de nuestras críticas creemos haber puesto de manifiesto que las tendencias normales del conocimiento sensible, totalmente animadas como están de pragmatismo y de realismo inmediatos, no determinan sino un falso punto de partida, sino una falsa dirección. En particular, la adhesión inmediata a un objeto concreto, captado como un bien, utilizado como un valor, ata demasiado fuertemente al ser sensible; es la satisfacción íntima; no es la evidencia racional. Como lo dice Baldwin en una fórmula de una densidad admirable: “Es el estímulo, y no la respuesta, aquello que permanece como factor de control en la construcción de los objetos de los sentidos”. Aun bajo la forma aparentemente general, aun cuando el ser repleto y colmado cree llegada la hora de pensar gratuitamente, es siempre bajo la forma de un estímulo que plantea la objetividad básica. Esta necesidad de sentir el objeto, este apetito de los objetos, esta curiosidad indeterminada, aún no corresponden –de ninguna manera– a un estado de espíritu científico. Si un paisaje es un estado de ánimo romántico, un trozo de oro es un estado de ánimo avaro, una luz un estado de ánimo extático. En cuanto tratáis de inquietar a un espíritu precientífico con objeciones concernientes a su realismo inicial, a su pretensión de captar su objeto de primera intención, desarrolla siempre la psicología de ese estímulo que es el cabal valor de convicción, sin alcanzar jamás sistemáticamente la psicología del control objetivo. De hecho, como lo vislumbra Baldwin, ese control proviene al principio de una resistencia. Por control en general se entiende “the checking, limiting, regulation of the constructive processes”. Mas frente al freno y a la reprimenda que corresponden curiosamente al concepto inglés intraducible de check, explicitaremos la noción de fracaso, implicada también en la misma palabra. Es por existir un fracaso que hay un frenado en el estímulo. Sin ese fracaso, el estímulo sería valor puro. Sería embriaguez; y en virtud del enorme éxito subjetivo que es una embriaguez, sería el más irrectificable de los errores objetivos. Por eso creemos que el hombre que tuviera la impresión de no equivocarse nunca se equivocaría siempre. 

Se objetará que este primer ímpetu se reduce muy pronto y que precisamente los errores de los ensayos se eliminan por el comportamiento: el conocimiento científico podría, pues, afirmarse sobre un conocimiento sensible tornado coherente mediante el comportamiento. Mas no aceptamos esa conciliación, pues la impureza original del estímulo no ha sido enmendada por las reprimendas del objeto. A los objetos primitivo han quedado adheridos valores. El conocimiento sensible permanece como un compromiso ficticio. 

Para asegurarnos que el estímulo ya no fundamenta nuestra objetivación, para asegurarnos que el control objetivo es una reforma más que un eco, hay que recurrir al control social. De ahí que, aunque se nos acuse de círculo vicioso, proponemos fundar la objetividad sobre la conducta ajena, o mejor, para confesar de inmediato el giro paradójico de nuestro pensamiento, pretendemos elegir el ojo ajeno –siempre el ojo ajeno– para ver la forma –la forma felizmente abstracta– del fenómeno objetivo: Dime lo que ves y te diré quién eres. Sólo este circuito en apariencia sin sentido, puede darnos alguna seguridad de que hemos prescindido totalmente de nuestras visiones primeras. ¡Ah! ¡sin duda no ignoramos nuestra pérdida! De pronto, es todo un universo que se decolora, es toda nuestra comida que se desodoriza, es todo nuestro arranque psíquico que es roto, retorcido, desconocido, desalentado.

¡Nos es tan necesario mantener la integridad de nuestra visión del mundo! Pero es precisamente esta necesidad la que hay que vencer. ¡Vamos! No es en plena luz, sino en el borde de la sombra donde el rayo, al difractarse, nos confía sus secretos.

Por otra parte, ha de observarse que toda doctrina de la objetividad termina siempre por someter el conocimiento del objeto al control ajeno. Pero lo habitual es esperar que la construcción objetiva realizada por un espíritu solitario se lleve a cabo, para juzgarla en su aspecto final. Se deja entonces al espíritu solitario en su trabajo, sin vigilar ni la cohesión de sus materiales ni la coherencia de sus cálculos. Proponemos en cambio una duda previa que alude a la vez a los hechos y a sus vínculos con la experiencia y con la lógica. Si nuestra tesis parece artificial e inútil, es porque no se advierte que la ciencia moderna trabaja con materiales experimentales y con cuadros lógicos socializados desde larga data, y por lo tanto ya controlados. Pero a nosotros, que queremos determinar las condiciones primitivas del conocimiento objetivo, nos es indispensable estudiar el espíritu en el instante en que, por sí mismo en la soledad, ante la maciza Naturaleza, pretende designar a su objeto. Al reproducir los comienzos de la ciencia eléctrica, creemos haber probado que esta primera designación era falsa. Basta observar también a un experimentador novel en su esfuerzo para precisar sin guía a una experiencia, para reconocer que la primera experiencia exigente es una experiencia que “falla”. Toda medida precisa es una medida preparada. El orden de precisión creciente es un orden de instrumentalización creciente, y por ende de socialización creciente. Landry decía: “Desplazar un centímetro un objeto colocado sobre una mesa es una tarea simple; desplazarlo un milímetro exige una intervención compleja de músculos antagonistas y comporta una fatiga mayor”. Precisamente esta última medida fina reclama el frenado del estímulo, no se la conquista sino después de fracasos, en esta objetividad discursiva cuyos principios tratamos de destacar. Mas este desplazamiento de un milímetro de un objeto colocado sobre una mesa no es todavía una operación científica. La operación científica comienza en la decimal siguiente. Para desplazar un objeto de un décimo de milímetro, hace falta un aparato, y por ende un conjunto de oficios. Si finalmente se accede a las decimales siguientes, si por ejemplo se pretende encontrar el ancho de una franja de interferencia y determinar, mediante las medidas conexas, la longitud de onda de una radiación, no sólo hacen falta un aparato y un conjunto de oficios, sino además una teoría y en consecuencia toda una Academia de Ciencias. 

El instrumento de medida siempre termina por ser una teoría, y ha de comprenderse que el microscopio es una prolongación del espíritu más que del ojo. 

De esta manera la precisión discursiva y social hace estallar las insuficiencias intuitivas y personales. Más fina es una medida, más es indirecta. La ciencia del solitario es cualitativa. La ciencia socializada es cuantitativa. La dualidad Universo y Espíritu, cuando se la examina al ras de un esfuerzo de conocimiento personal, aparece como la dualidad de un fenómeno mal preparado y de la sensación no rectificada. La misma dualidad fundamental, cuando se la examina al nivel de un esfuerzo de conocimiento científico, aparece como la dualidad del aparato y de la teoría, dualidad ya no en oposición sino en reciprocidad. 

II

Ya volveremos sobre el proceso de rectificación discursiva que nos parece ser el proceso fundamental del conocimiento objetivo. Queremos de antemano subrayar algunos aspectos sociales de esta pedagogía de la actitud objetiva propia de la ciencia contemporánea. Puesto que no hay proceso objetivo sin la conciencia de un error íntimo y básico, debemos comenzar las lecciones de objetividad por una verdadera confesión de nuestras fallas intelectuales. Confesemos nuestras tonterías para que nuestro hermano reconozca las propias, y reclamemos de él la confesión y el servicio recíprocos. Traduzcamos, en el reino de la intelectualidad, los versos comentados por el Psicoanálisis:

Selten habt Ihr mich verstanden / Selten auch verstand ich Euch / Nur wenn wir in Kot uns fanden / So vertstanden wir uns gleich!

Rompamos juntos con el orgullo de las certidumbres generales, con la avidez de las certidumbres particulares. Preparémonos mutuamente a este ascetismo intelectual que extingue a todas las instituciones, que retarda todos los preludios, que se defiende de los presentimientos intelectuales. Y a su vez, murmuremos a toda la vida intelectual: error, tú no eres un mal. 

Fragmento de La formación del espíritu científico de Gaston Bachelard, libro que puede adquirirse aquí